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Eventos presenciales: estar presentes no es suficiente

4 sept
7 min de lectura

Este punto resulta especialmente importante.

Si vamos a defender el valor de los eventos presenciales, también debemos elevar nuestra exigencia sobre ellos.

No basta con reunir personas en una sala.

No basta con instalar una pantalla espectacular.

No basta con contratar un gran show.

No basta con servir buena comida.

No basta con sorprender.


La verdadera pregunta debería ser: ¿qué queremos que ocurra en las personas como consecuencia de haber asistido?

¿Qué queremos que comprendan?

¿Qué queremos que sientan?

¿Qué queremos que recuerden?

¿Qué conversación queremos provocar?

¿Con quién queremos que se relacionen?

¿Qué queremos que hagan posteriormente?


Estas preguntas cambian completamente la manera de diseñar un evento: Obligan a comenzar por el propósito y no por el espectáculo.


Una investigación de Freeman e IMEX, publicada en 2025 y basada en más de 2.600 asistentes y organizadores, encontró precisamente una brecha interesante entre ambas miradas. Mientras los organizadores suelen otorgar mucha importancia a elementos como entretenimiento, ambiente o grandes momentos escénicos, los asistentes priorizan objetivos mucho más concretos: aprender, relacionarse y encontrar soluciones.


El dato debería hacernos reflexionar. La experiencia no es decoración. Tampoco es espectáculo por el espectáculo.

Una buena experiencia es aquella que crea las condiciones para que el objetivo comunicacional ocurra.

Diseñar para la mente, no solamente para los ojos


Durante muchos años nuestra industria confundió impacto con espectacularidad. Pantallas más grandes. Escenarios más complejos. Más iluminación. Más tecnología. Más estímulos. Es decir, más funcional que creativo.


Pero nuestro cerebro no funciona necesariamente bajo la lógica de que más estímulos producen más atención. Muchas veces ocurre exactamente lo contrario. La atención es limitada. La memoria selecciona. La emoción modifica aquello que recordamos. La sorpresa funciona cuando rompe una expectativa, no cuando todo intenta sorprendernos permanentemente.


Y el estrés puede convertirse en enemigo del aprendizaje y de la disposición a relacionarnos.


Por eso diseñar una experiencia debería significar también comprender cómo la viven las personas. El evento comienza antes de que se encienda la primera luz del escenario. Comienza con una invitación que genera —o no— curiosidad. Continúa con una llegada que puede producir tranquilidad o ansiedad. Con una acreditación que puede hacer sentir al invitado esperado o simplemente procesado. Con un espacio que puede facilitar encuentros o dificultarlos. Con contenidos capaces de mantener nuestra atención o perderla. Con pausas que permiten conversar y procesar información. Con estímulos sensoriales que pueden reforzar un mensaje o simplemente competir entre ellos.

Y termina mucho después del último aplauso, cuando aquello que vivimos comienza a transformarse en memoria.


El diseño de un evento no debería preguntarse solamente qué vamos a mostrar, sino qué queremos que experimente una persona durante todo ese recorrido. Ese cambio parece pequeño. En realidad, modifica toda la profesión.


El extraordinario poder de los otros

Existe además un activo de los eventos que frecuentemente subestimamos: las demás personas.

Vamos a un evento por sus contenidos, pero también para encontrarnos con colegas. Asistimos a un lanzamiento para conocer un producto, pero también para observar cómo reaccionan otros. Participamos en una convención para recibir información, pero también para sentirnos parte de una organización. Las emociones humanas tienen una dimensión social. Una audiencia que ríe junta, se sorprende junta o aplaude junta no está viviendo simplemente la suma de cientos de experiencias individuales. Está viviendo una experiencia colectiva.


Eso es muy difícil de reproducir frente a una pantalla.

Y tiene consecuencias empresariales concretas. Un estudio de Freeman de 2025 encontró que el 51% de los asistentes considera que haber conseguido conexiones satisfactorias es razón suficiente para regresar a un evento. La conclusión parece evidente: el networking no debería ser aquello que ocurre accidentalmente durante el coffee break. Debe diseñarse. Los espacios, los tiempos, las dinámicas y hasta la información que entregamos a los participantes pueden aumentar o disminuir las posibilidades de que se produzcan conexiones relevantes.


En la economía de la presencia, conectar personas puede ser tan importante como comunicar contenidos.


De las impresiones a las experiencias

Existe, sin embargo, una legítima exigencia que nuestra industria todavía debe resolver mejor.

La publicidad digital aprendió a medir.

Impresiones. Clicks. Conversiones. Tiempo de visualización. Costo por adquisición. Retorno de inversión.


Los eventos no pueden defender su importancia recurriendo exclusivamente a frases como “fue emocionante”, “la gente quedó feliz” o “el cliente estaba encantado”. Si aspiramos a ocupar un espacio estratégico dentro de la comunicación corporativa, debemos también ser capaces de demostrar resultados.


Pero sería un error limitarnos a copiar las métricas de otros medios. Tenemos que construir las nuestras. Podemos medir cuánto aprendieron los asistentes. Qué recuerdan días o semanas después. Cuántas relaciones relevantes generaron. Cómo cambió su percepción de una marca. Qué contenidos despertaron mayor interés. Qué acciones realizaron posteriormente. Cuánto permanecieron. Dónde participaron. Qué recomendarían. Si volverían.


Medir un evento no significa quitarle emoción. Significa demostrar que la emoción, la atención, el aprendizaje y las relaciones pueden producir valor.


La confianza vuelve a ser una ventaja competitiva

Existe otra razón por la que la presencia está adquiriendo importancia: vivimos también una crisis de confianza.

Las personas reciben información de medios, empresas, influencers, algoritmos, redes sociales y, crecientemente, sistemas de inteligencia artificial. Cada vez resulta más difícil saber quién produjo un contenido, con qué intención y hasta si aquello que estamos viendo ocurrió realmente. En ese contexto, el encuentro físico recupera un atributo que parecía cotidiano y que comienza a ser excepcional: la autenticidad de estar frente a otro ser humano.


Un estudio de Freeman realizado junto con Harris Poll encontró que el 95% de los asistentes encuestados confiaba más en una marca después de participar en un evento presencial. La cifra es extraordinariamente alta y, como toda investigación vinculada a la propia industria, debe interpretarse dentro de su metodología y contexto. Pero la dirección que señala es relevante. Las marcas no sólo necesitan ser vistas. Necesitan ser creídas. Y la confianza difícilmente se construye exclusivamente aumentando la frecuencia de exposición publicitaria. Se construye mediante consistencia, comportamiento, experiencia y relaciones. Ahí la presencialidad posee una ventaja difícil de replicar.


La inteligencia artificial puede impulsar (y está impulsando) los encuentros humanos

Probablemente la mayor paradoja esté todavía por llegar. Tendemos a pensar que cuanto más sofisticada sea la tecnología, menos necesitaremos encontrarnos. Podría ocurrir exactamente lo contrario.


La inteligencia artificial reducirá radicalmente el costo de producir comunicación. Muy pronto será normal recibir campañas personalizadas, videos generados individualmente, vendedores virtuales, presentadores sintéticos y contenidos adaptados instantáneamente a nuestros intereses. La calidad técnica dejará de ser suficiente para diferenciarse. Cuando todos puedan producir una imagen perfecta, una imagen perfecta dejará de sorprendernos.

Cuando todos puedan escribir correctamente, escribir correctamente dejará de constituir una ventaja. Cuando todos puedan generar contenido ilimitado, el contenido dejará de ser escaso.


Pero hay algo que continuará siéndolo: nuestro tiempo.


Nuestra atención sostenida. Nuestra presencia. Nuestra disposición a conversar. Nuestra capacidad de emocionarnos junto a otros. Nuestra necesidad de pertenecer.


Quizás por eso la inteligencia artificial, lejos de convertirse necesariamente en enemiga de los eventos, termine siendo uno de sus grandes impulsores.


Cuanto más fácil sea producir comunicación artificial, mayor valor podría adquirir una experiencia auténticamente humana.


No se trata de presencial contra digital

Sería igualmente equivocado transformar esta reflexión en una batalla entre eventos y comunicación digital.

El futuro no será presencial o digital. Será presencial y digital.

Un evento contemporáneo puede comenzar semanas antes en una plataforma digital y continuar mucho después de que los asistentes regresen a sus casas. Puede generar videos. Conversaciones. Testimonios. Contenido para redes sociales. Relaciones públicas. Comunidades. Datos. Leads. Historias.


Un evento con mil asistentes puede terminar alcanzando digitalmente a cientos de miles de personas.

Lo interesante es invertir la lógica tradicional. Durante años utilizamos los medios digitales para llevar personas hacia los eventos. Cada vez más podremos utilizar los eventos para generar aquello que después tendrá vida digital.


Porque existe una diferencia entre fabricar contenido y documentar algo que realmente ocurrió. Las personas reconocen esa diferencia. Una conversación auténtica, una reacción inesperada, una emoción colectiva o una historia nacida durante un encuentro poseen una textura humana difícil de fabricar. En ese sentido, el evento puede transformarse en una especie de plataforma originadora de contenidos y relaciones. No compite necesariamente con los otros medios. Los alimenta.


La economía de la presencia

Durante décadas las marcas persiguieron alcance. Después comenzaron a perseguir atención.

Ahora quizás debamos incorporar una tercera dimensión: Presencia.

No porque el alcance haya dejado de importar. No porque la atención haya perdido valor. Sino porque conseguir que una persona decida estar físicamente con nosotros constituye hoy una manifestación extraordinaria de interés.


Podríamos resumir esta evolución de una manera sencilla:

Economía del alcance: ¿cuántas personas pueden verme?

Economía de la atención: ¿cuánto consigo que me miren?

Economía de la presencia: ¿cuántas personas consideran que vale la pena estar conmigo?


La última pregunta es probablemente la más exigente. Porque no se responde comprando medios. Hay que merecerla.

Tenemos que ofrecer contenidos relevantes. Experiencias significativas. Relaciones valiosas. Aprendizaje. Descubrimiento. Emoción. Comunidad.

Tenemos que hacer que, cuando una persona abandone un evento, sienta que las horas que nos entregó tuvieron sentido. Esa quizás sea la verdadera métrica de nuestra industria.


Las empresas siguen necesitando lugares donde sus personas puedan mirarse a los ojos. Donde un cliente pueda hacer una pregunta. Donde un colaborador pueda sentirse parte de algo. Donde alguien pueda tocar un producto.

Donde una conversación no esté mediada por un algoritmo. Donde una emoción pueda ser compartida. Donde una relación pueda comenzar.


Durante muchos años pensamos que la revolución digital terminaría reduciendo nuestra necesidad de encontrarnos.

Quizás ocurrió algo mucho más interesante. Nos enseñó a valorar aquello que la pantalla no podía entregarnos. Vivimos en el mundo más conectado de la historia. Podemos hablar con cualquier persona. Desde cualquier lugar.

A cualquier hora. Podemos producir y distribuir cantidades prácticamente infinitas de información. Y precisamente por eso, en medio de esa abundancia, algo que durante siglos parecía cotidiano comienza a convertirse en un bien escaso.


Estar presentes.

La industria de los eventos tiene ante sí una oportunidad extraordinaria, pero también una enorme responsabilidad.

No basta con producir reuniones más grandes, más tecnológicas o más espectaculares. Tenemos que diseñar encuentros que merezcan el tiempo que las personas han decidido entregarnos. Porque en la nueva economía de la presencia, reunir personas no es el objetivo.


El verdadero desafío es hacer que haya valido la pena encontrarse.

 

 
 
 

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Pavel Friedmann

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