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De las ceremonias a los eventos.

  • 23 feb
  • 3 Min. de lectura

(Foto: Crédito: Reuters/Mike Segar, aparecida en Infobae).


Las ceremonias olímpicas nunca son solo espectáculos: son declaraciones estratégicas de identidad nacional.


Luego de haber presenciado la transmisión de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026 hemos sido testigos de dos líneas de comentarios sobre los mismos.


La primera dice relación con la majestuosidad de la misma y la segunda es una comparación con la de los Juegos Olímpicos de París 2024.


Como las comparaciones suelen ser odiosas, en general se subraya la elegancia de los juegos italianos frente a cierta “chabacanería” de la francesa.


Desde mi rol de productor de eventos, prefiero un análisis un poco más profundo sobre el tema.


Las ciudades o países organizadores (tanto en estas ceremonias como en aquellas de otros tiempos y otros deportes) dan a estas ceremonias un sentido estratégico que tiene relación con el posicionamiento (actual o deseado) de sus países/ciudades. Es decir, buscan construir o proyectar una idea de marca país que les permita como consecuencia generar réditos económicos ya sea a través del turismo o las exportaciones.


Por lo mismo, trabajan sobre la idea de país, quiénes son, qué valores representan, cómo se ven y cómo quieren que los vean.


Volviendo al análisis inicial, así como Beijing en 2008 nos deslumbró con su disciplina, tecnología y muestra de historia/tradición, o Londres que nos sorprendió con su humor y la realeza más cercana y suelta, las dos ceremonias que buscamos analizar nos hablan de sus raíces y su proyección.


Como señalé, las comparaciones suelen ser odiosas y prefiero valorar lo que cada una aporta a tratar de pasarla por el filtro de los valores.


París 2024 se destacó a mi modo de ver por sacar la ceremonia del estadio y hacer de la ciudad su escenario, el tradicional desfile lo lleva a los barcos del Sena, los personajes de su cultura interactuando desde los techos de sus edificios icónicos, es decir, la cultura integrada a la ciudad -y mejor aún a los iconos turísticos de la misma, generando deseo de conocer o revisitar.


Así París asume un riesgo mayor de organización masiva que además prioriza al público de televisión (cientos de millones) por sobre lo presencial. Desde lo cultural, saca los museos a la calle y provoca con la reinterpretación -intencionadamente controversial- de algunas de sus obras. Paris/Francia es libertad, es arrogante, es diversa. Debate, tensiona, ironiza.


La ceremonia de Milán/Cortina 2026 se realiza dentro de un espacio contenido – el estadio de San Siro- con un público limitado. Esto también nos conecta con la tradición de los Coliseos romanos y la cultura del estadio (como en Verona). Eso no lo hace menos espectacular, solo retorna a un espacio más tradicional y controlado. Llevarla al estadio tiene varias ventajas al hacer la experiencia de telespectadores y público presencial más homogénea al tiempo que limita el costo en producción y organización. Desde lo cultural, enfatiza el diseño puro, los colores básicos, la tradición en todos los aspectos. Es herencia y elegancia ayer, hoy y siempre. Italia no rompe, diseña, es una obra en sí misma.


En ese sentido, ambas ceremonias se basan en su ADN. Mientras Francia es “je pense donc je suis”, Italia es “la semplicità è la massima sofisticazione”. Cada una a su manera legitima una idea de identidad nacional, de valores compartidos que no sólo tiene repercusión internacional, también permea -cual eslogan político- en las poblaciones nacionales.


Desde la mirada y aprendizaje para los eventos, estas ceremonias no buscan solo entretener, construyen significado, refuerzan identidad, generan recuerdo a través de las emociones que producen, posicionan. Eligen su espacio también en función de los objetivos y se transforman probablemente en el ejemplo más potente de storytelling experiencial a nivel global.


Porque en el fondo, las ceremonias olímpicas no compiten por ser más espectaculares, sino por algo mucho más profundo: quién logra contar mejor quién es y quién quiere ser ante el mundo.

 
 
 

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Pavel Friedmann

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